LaDainian Tomlinson dejó de parecerse a ese simpático conejito de los comerciales de televisión que patrocina una compañía de pilas.
Me refiero a ese orejón rosado de peluche que anda, anda y anda con las baterías Energizar.
Más que un conejo saltarín e hiperactivo, Tomlinson parece ahora un antiguo Transformer al que poco a poco se le están oxidando todas sus piezas.
O para decirlo de un modo que está más tono con la actualidad financiera del país: los bonos de Tomlinson están por los suelos.
Aunque suene fuerte y triste de decirlo, parece que la era de Tomlinson como el corredor estrella de los Cargadores de San Diego está llegando a su fin.
Es común que los acarreadotes que juegan en la Liga Nacional de Futbol (NFL) bajen su nivel después de ocho años.
Chocar una y otra vez contra murallas humanas, como lo hace Tomlinson cada domingo, diminuye la fuerza física y emocional de los corredores en la liga.
Un ejemplo clarísimo de esto es Earl Campbell, quien a finales de la década de los 70 era el corredor estrella de los entonces Petroleros de Houston.
Fue tanta la carga de trabajo que Campbell tuvo en sus primeros cinco años, que a partir de su sexta temporada empezó a bajar de nivel y para el octavo año ya estaba retirado.
Lo mismo está pasando con Tomlinson.
La enorme cantidad de acarreos, 2 mil 554 en total, que lleva en los ocho años dentro de la NFL lo están minando.
Cada acarreo equivale a por lo menos un golpe de mayores proporciones.
¿Quién puede aguantar 2 mil 554 golpes de mounstrencos que pesan 300 libras sin ver su capacidad física minada?
Ni que fuera Súperman, digo, hasta a él la criptonita lo debilita.
No creo que Tomlinson dure más de dos temporadas acarreando el ovoide.
Si los Cargadores no ganan un Súper Tazón teniendo a uno de los mejores corredores en la historia de la NFL, entonces más vale que los fanáticos de San Diego se olviden de que algún día el trofeo Vince Lombardi adornará las vitrinas del conjunto local